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SmokeLong Quarterly

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Cajero de supermercado

Historia por Gabriel Martínez Barre (Lee la entrevista del autor) 5 de marzo de 2023

Arte por Jan Antonin Kolar

Mi desayuno es un evento repetido, remojo el pan en el café mientras mis compañeros de casa se marchan a sus empleos. «Se me hace tarde para ir a la obra», «hoy instalaremos una máquina nueva», «me reuniré con un cliente adinerado», comentan. A veces creo que hablan por presumir: buscan dejar claro que su lugar en el mundo importa más que el mío. No es que yo sea ocioso; soy cajero en el supermercado de la esquina, pero no soy ingeniero como ellos.

Veo mi reloj, ya van a ser las ocho. Debo irme.

Este trabajo no es fácil, sé que en algún momento del día deberé lidiar con un idiota. «¡Ni para cajero sirves, tarado!», me grita cada viernes una mujer y yo debo mantener la compostura. Al principio era difícil no devolver el insulto, pero con el resto de compañeros nos resignamos a que así es esto.

Al mediodía, mi supervisor me cambia a la bodega, ocurre seguido cuando llevas mucho tiempo aquí, me agrada porque puedo conversar más con mi amiga Tamy. Oye, ¿planeas laborar aquí toda tu vida?, le consulto. «No, en el futuro quiero tener mi propia red de supermercados», contesta; quedo perplejo por su ambición. «¿Y tú, estarías acá por siempre?», desea saber y respondo que no lo sé, pero que el sueño de mis padres es que vaya a la universidad. Ya tengo veintisiete; otros a esta edad ya se han graduado y tienen un par de años trabajando. «Te iría bien de universitario, eres muy inteligente», opina ella. Antes de devolverle el cumplido, escucho gritos. En el pasillo de los licores encuentro a dos muchachos discutiendo. ¿Qué sucede?, pregunto y uno me cuenta que el otro le ha quitado la última botella de vodka que ya había ubicado en su carrito. ¡Tranquilidad!, si ese es el problema, estoy seguro de que puedo conseguir una en la bodega, propongo. «¡No!, el asunto es que él me dijo que no “chille” por el vodka, y a mí nadie me llama chillón», aclara el que se siente perjudicado. Les pido, ahora con el rostro serio y alzando la mano con firmeza, que vayan a la calle si no están dispuestos a solucionar esto de manera pacífica. «¡Sí!, vete a llorar afuera, a llorar al parque, maricón», se burla uno y hace como que bebe del pico de la botella. El otro, con su orgullo herido, se lanza con el puño en alto. Actúo rápido y, por interponerme, recibo un puñetazo en el pómulo. El guardia llega tarde para obligar a los peleoneros a retirarse. Estos ni se preocupan por haberme dejado tirado en el suelo.

¡No me pagan lo suficiente!, pienso mientras masajeo mi piel hinchada frente al espejo del baño. Duele. Prefiero dejar la herida así. Una palmada en la espalda y un «gracias por sacrificarte por el negocio» es todo lo que me dice mi jefe. ¡Eso no estaba en mi contrato!, quisiera gritarle, pero recuerdo que soy descartable y me trago el reclamo.

A la hora del almuerzo, me ubico en una banqueta del estacionamiento. Les echo pepitas a los gatos que pasan cerca y leo un verso de un poemario que cargo: «Mi pecho cae y lo levantas/Tus manos rojas, como yo, palpitan». ¡Qué grandes son los poetas!, pienso; a ellos no les interesa si son ingenieros, abogados o médicos, ya que eso es secundario, lo primordial es sacarse de adentro los versos, el oficio lo tienen impregnado en el alma.

A la salida del trabajo, veo aproximarse a unos estudiantes de colegio. «Haznos un favor, ten este billete y tráenos un six pack, quédate con el vuelto», piden. Sonríen como si estuvieran seguros de que seré su cómplice. No, no quiero problemas con mi jefe, explico. Insisten y sigo negándome. «¡Chucha!, te ha de sobrar la plata, ya encontraremos quien nos acolite, pendejo», dicen y continúan insultándome mientras se alejan.

Con mis compañeros de casa preparamos la cena. En la mesa, empiezan a platicar sobre sus trabajos. Una vez quise contar algo que me sucedió e hicieron chistes al respecto: «¿Qué aventura viviste trapeando?», «¿llegó un nuevo modelo de escoba?», «¿al fin cambiaron el código del azúcar?, ¡qué primicia!». Aquella vez me molesté y callé, hoy no: Saben, un descuidado quebró una botella de jugo y un niñito de unos ocho años me ayudó a recoger los trozos de vidrio. «¿Y qué hiciste? ¿Le regalaste un caramelo?», me interroga uno de mis compañeros. Respondo que les agradecí con una reverencia a él y a su madre. «¡Interesante imagen, admito que jamás he visto a un adulto darle las gracias así a un pequeño!», comenta otro. Reclamo: ¡Ya casi no se ve ese buen trato a los empleados del supermercado, es como si a las personas les dieran descuentos por ser groseros, ese niño es la semilla que sanará el desierto! El último de los ingenieros alza su vaso y dice: «¡Brindemos por Miltón, por su personalidad y su lirismo!». Y terminamos la cena.

Durante el almuerzo del día próximo, de vuelta en la banqueta, cierro los ojos y oigo atento lo que me rodea: los taxistas discuten con sus potenciales clientes; las aves cantan, o quizás reclaman que nadie ha venido a alimentarlas; una pareja conversa al salir por la puerta y las bocinas maltratan tímpanos sensibles; es la música de este paisaje de ciudad, pienso y sonrío. De la abstracción me saca Tamy. Se sienta junto a mí. «¿Qué te dijeron tus compañeros de casa al ver tu pómulo morado?», quiere saber. Me preguntaron si me lastimé ordenando el papel higiénico, le digo y reímos. Comemos en silencio por un rato, luego Tamy propone: «Si me das la mitad de tu sánduche, yo te comparto mi helado de vainilla». Acepto. «!Qué bullicio del carajo!», se lamenta ella. No le contesto. Observo su bolsillo, sobresale un tubo de crema para reducir la hinchazón.

Concluyo que sí, sí trabajaría aquí el resto de mi vida.

Sobre el autor

Gabriel Martínez Barre (Ecuador, 1992)._ Primer lugar en el “Premio Internacional de Cuento Independiente Primera edición” organizado por la revista Resonancia SoM. Fue uno de los ganadores del IV Certamen Literario “Orellana lee” organizado por MACCO-EP del Ecuador y del Concurso “Derivas Urbanas” organizado por el Festival de Narrativa de Bahía Blanca. Participó en las siguientes antologías: Fictología 2+20(20)(Plétora Editorial/ México), 360 días de historias (Revista Literaria Pluma/Argentina), II Antología de Microrrelatos de Terror (Grupo Tabula Escrita y Luna Negra Editores/Perú) y II Concurso de Nacional e Internacional de Relatos Breves(Editorial El Ático/Israel).

Sobre el artista

Jan Antonin Kolar es un fotógrafo de Praga.

Esta historia apareció en SmokeLong en Español — Número Siete de SmokeLong Quarterly.
SmokeLong Quarterly SmokeLong en Español — Número Siete
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