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SmokeLong Quarterly

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Memoria

Historia por Jorge Cárdenas (Lee la entrevista del autor) 6 de marzo de 2023

Arte por Laura Fuhrman

El abuelo recién llegaba a la casa y de inmediato preparaba el viaje de regreso al campo. En nuestro hogar nunca se sabía en qué momento el viejo tomaba la maleta para emprender el retorno. Cuando se quedaba en la ciudad, muy pronto le comenzaba un malestar por la marca del asfalto en toda la ciudad. Durante su estadía las luces de la casa eran cuestionadas por él a partir de las ocho de la noche, igual pasaba con el televisor y las visitas nocturnas de nuestros amigos. Al despertar en las mañanas se quejaba de no haber dormido lo suficiente porque alguien siempre le importunaba el sueño al encender alguna luz o al aumentar el audio en alguna película.

José María disfrutaba las películas de acción, le encantaba ver intercambios de tiros entre vaqueros. No le agradaban las carreras de caballos porque le dolía cuando les pegaban a las bestias con las fustas. Recuerdo que los sábados en la noche se instalaba en la sala a esperar la lucha libre, ¡cómo gozaba la revolcada de aquellos contendores! El día que el Apolo 11 llegó a la luna el abuelo estaba en casa, él nunca lo admitió, siempre dijo que aquello era un parapeto montado por los gringos. Para él la luna era la joya preferida de Dios.

  Mientras estuvo la abuela viva el abuelo hacía al menos tres viajes a la ciudad por año, uno para traer a la vieja a pasar dos meses con los hijos y nietos, entonces la dejaba y a los pocos días se iba de nuevo a preparar el café con sabor a campo. Otro viaje, cuando regresaba a llevarse a la abuela sin considerar el deseo de la familia  de que le extendiera una semana más de vacaciones a la Abuela, y era que la anciana descansaba y se dejaba envolver por las telenovelas de turno, abandonaba aquel humo de leña inclemente que le avivaba los ojos y le recorría los pulmones. La otra venida del viejo era repentina, algún viaje con el carro de doble transmisión que le permitía traer racimos de plátanos, café, y alguna orquídea que mi mamá recibía con gran admiración, aunque el viejo dijese que esa flor no crecería con el esplendor del campo.

Cuando la abuela nos dejó, luego de una agonía en casa, nosotros tratamos de acompañar al viejo, le pedimos que se viniera a la ciudad, que dejara la finca porque él sólo no iba a soportar tanto silencio. El muy terco se hundió en la soledad, más de un vecino lo vio trabajar con alguna botella de alcohol y la tristeza apoderándose de su humanidad. El abandono y la falta de alimentación fue preparando el camino para la pérdida de la memoria. Así fue como los hijos pudieron traerse aquel cuerpo de musgo al cemento.

Sin memoria el abuelo se fue alejando de los rostros del afecto y cada día se abrazaba más a sus difuntos. Ya no escuchábamos salir de sus labios nuestros nombres, no sentíamos su voz recia y quejumbrosa, apenas un murmullo seco nos llegaba. Pasaba gran parte de sus horas hurgando en su pasado: tras la peineta de la abuela, a la caza de bandidos que hurtaban sus cosechas. Desde las rejas del garaje de la casa contemplaba a su burro que pastaba en el asfalto.

  Sí, mi abuelo, el que cortaba la madera con la fuerza de un titán para festejar la carne fresca y dar calor en las noches de vacaciones de carnaval se nos había ido y nos había dejado a otro que apenas empezábamos a conocer. El día que descubrí que mi abuelo José había perdido la memoria sentí la muerte del anciano, solo que no la lloré. Luego mi madre y mis tías lo internaron durante tres años en un hogar para ancianos, allí pasó sus últimos días y terminó de abrazarse con sus fantasmas; también aprendió a dejarse atender, a ser servicial y más condescendiente con los otros ancianos. En ese lugar terminó de desconectarse a fuerza de pastillas, de noches eternas sin poder conciliar el sueño, de melancolía, y al ver tanta gente como él: seres perdidos, aguardando por la muerte, se reconoció como uno más entre ellos. Me entristecía verlo sumiso mientras sus hijas intentaban afeitarlo; verlo caminar encorvado, llevado de la mano por personas extrañas para que orinara en un baño de áreas comunes. Ya en ese lugar abandoné al viejo, siempre que lo visitaba él estaba ido y a duras penas hablaba. A pesar de sus visitas cada año a nuestra casa, nunca tuve un contacto real con su pasado, era un hombre reservado.  

Cuando me comunicaron que el viejo José María había muerto, le di entrada al luto que había estado detenido por más de diez años, dejé que el dolor se decantara. Con la muerte del viejo moría la casa donde solíamos viajar en vacaciones, morían los abrazos con el aroma cruzado de colonia y hierba fresca, moría su voz gruesa diciéndome “mijo, venga y nos tomamos otro café”, moría su mirada extasiada cuando nos veía comer las tortas de plátano que hacía en su momento la abuela. Morían sus dudas sobre la ida a la luna.

Sobre el autor

Jorge Cárdenas es psicólogo. Nació en Bogotá. Cárdenas piensa que la literatura es una de las terapias a las que podemos acudir una y otra vez en la vida. El acto de escribir es catarsis pura. Y la lectura, es ese espacio de tiempo en el que nos permitimos abandonar el cuerpo que habitamos para encarnar otros más, para viajar, ir de un lugar a otro sin movernos, y ser muchos a la vez.

Sobre la artista

Laura Fuhrman es una fotógrafa documental con sede en Minnesota. Le apasiona ver y documentar la belleza en los momentos cotidianos.

Esta historia apareció en SmokeLong en Español — Número Siete de SmokeLong Quarterly.
SmokeLong Quarterly SmokeLong en Español — Número Siete
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