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Matrifagia: Los diablitos de doña Juana

Historia por Alex V. Cruz (Leer la entrevista del autor) 5 de septiembre de 2022

Fotografía por Patrick Collins

“Esa agua tiene gusarapos,” dijo su mamá, al ver que Adalyn insertaba el jarro de aluminio, cuyo fondo sumido era la luna de un planeta desconocido, en la vieja tinaja. Adalyn, que no sabía nada de la vida de campo, más vivió toda su vida en la ciudad de Nueva York, donde los rascacielos son tan altos que llegan al centro de la tierra, soltó la jarra, perdiéndola en las dulces aguas oscuras de la vieja tinaja. “Toma agua del botellón,” ordenó su mamá, pasándole a sus delicadas manos morenas un vasito que apenas era lo suficientemente hondo para dos tragos de aquella agua descolorida y sin sabor.

Adalyn estaba aburrida. Su mamá la sacó de la escuela para que asistiera al velorio de su tía abuela, doña Juana, a quien ella nunca conoció, pero su olor a bengué y alcanfor permeaban por los agujeros de su teléfono en el caro apartamento de ciudad. Al principio su corazón joven y emperfumado se regocijó al saber que no tendría que estudiar para el examen de algebra, pero no contaba con el calor opresivo del caribe, ni con el robo de su celular en el aereopuerto del Cibao. Aquella isla de donde su sangre había sido desterrada a sus cuatros pequeños añitos, la estaba recibiendo a empujones y puñetazos, y aunque aún no habían localizado al primo taxista, ese mismo primo que todos los neoyorkquinos parecen tener, ya ella no quería estar allí.

Adalyn encontró refugio en la sombra de un gigantesco árbol de mango que adornaba el patio trasero de la pequeña casa, y el cual reconoció como protagonista de muchas historias de su mamá y sus muchos novios del colegio. Aunque aún podía escuchar las practicadas y sobreactuadas lloraderas de su madre, tías, y desconocidos que esperaban ansiosamente el moro de guandules y gallina guisada, pudo enterrar su nariz en su copia de Wuthering Heights, la que tenía que leer para su clase de literatura. El árbol, con sus ramas marchitadas de tristeza por la muerte de doña Juana, abanicaba a la joven chica para espantar las gotas de sudor que deslizaban por el río de su espalda.

Al rato, tanto el árbol como Adalyn se encontraban perdidos en los Moors y el odio de Heathcliff, que la ardiente sed que desgarraba la garganta de la chica los tomó a los dos por sorpresa. Adalyn cerró el libro perdiendo su lugar, y tratando de evitar la muchedumbre en la casa de campo, entró por la puerta trasera hacia la cocina y metió la mano en la tinaja para recuperar el jarro que había perdido.

El agua amarillenta que rebosaba del jarro tenía cientos de diminutos gusarapos que parecían bailar al ritmo de perico ripiao descabelladamente en el velorio de un difunto. Pero había algo más. En el fondo sumido del jarro se encontraba un papel igual de amarillento que aquella agua sucia. Con el jarro olvidado en el suelo, Adalyn desarrugó el papel mojado, y escrito en tinta negra y brillante, leyó la aterradora palabra: “Alimentanos.” Miró dentro de la jarra oscura y vió como ocho pares de ojos rojos llorosos, con bocas grandes y abiertas como pichones de ruiseñor la miraban fijamente.

Aterrorizada, colocó de regreso la pesada tapa de barro y corrió hacia su lugar de confort bajo el árbol de mango. El árbol, asustado al ver como cambiaban las letras del papelito mojado, se petrificó convirtiéndose en una magnífica escultura, y sus hojas llovieron sobre Adalyn y su pelo crespo. “Queremos a nuestra madre,” decía el papelito. Frente a sus mismos ojos las letras cambiaron de nuevo, esta vez deletreando las palabras: “O te irá peor.”

Su corazón, en una arritmia desorientada, dejó sus labios carnosos secos y sin sangre, sus rodillas blandas y sus manos temblorosas. Los lloriqueos extraviados por el fuerte y repentino viento, la imagen de la tía abuela en un ataúd barato, con un enorme bloque de hielo debajo para mantener el cadáver fresco en este infierno de lugar, llevaron a Adalyn a la locura.

Se llenó de una valentía intoxicante y arrancó hacia la cocina, donde, con sus delicadas manos, empujó y mandó a volar la vieja tinaja de barro, la que cayó en trozos en el piso de tierra de la casa de campo. Además de la esperada agua, los ochos diablitos de ojos ahogados y cabezas del tamaño de toronjas, se deslizaron rápidamente por la tierra enchumbada hacia la sala, echando a gritar a todos los invitados y colados del velorio de verano. Para cuando Adalyn los alcanzó en la sala, decorada de coronas de claveles, rosas, y lirios blancos, ya no quedaba más de la vieja tía abuela que las entrañas y el mal olor que provenía de los intestinos.

“Nuestros primos!” gritó una de las tías, las cuales estaban abrazadas una con las otras sin mirar aquella horrible escena que se desenvolvía a menos de un metro de ellas. “¿Quien los dejó  salir?”

La visita corrió aterrorizada y para cuando los diablitos terminaron de comerse a la difunta, ya no quedaba nadie más que los familiares cercanos. Los diablitos, con sus barriguitas llenas, regresaron a la cocina donde con sus lenguas repararon la tinaja y se echaron una merecida siesta.

“Por lo menos ahora no hay que pagar el entierro,” dijo la mamá de Adalyn. Las tías empezaron a cerrar las sillas de metal alquiladas y a estribarlas contra la pared.

“Mami,” llamó Adalyn a su mamá. “¿Cuándo va a llegar la comida?”

“Ya pronto, mi niña. Vete hacer tus tareas.”

Sobre el autor

Alex V. Cruz es el primer escritor dominicano en asistir a Clarion West 2022 donde descubrió su pasión por el realismo mágico y su cultura dominicana. Alex asistió a el taller de Tin House: Young Adult y es graduado de la Universidad de Columbia en la ciudad de Nueva York. Su más reciente cuento, “Marisol and the Gallina Dichosa,” puede ser encontrado en Quislaona: A Dominican Fantasy Anthology. @avcruzwriter 

Esta historia apareció en SmokeLong en Español — Número seis de SmokeLong Quarterly.
SmokeLong Quarterly SmokeLong en Español — Número seis
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