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SmokeLong Quarterly

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Las matriarcas

Historia por Malena Salazar Maciá (Leer la entrevista de la autora) 5 de septiembre de 2022

Arte por Scott Rodgerson

Él te dijo que no le gustaba tu pelo. Ese bulto apelmazado enroscado en tu cuello y que serpenteaba por tu espalda hasta abrazar tu muslo izquierdo, reseco, entretejido con hilos de oro, que no le entraba el peine y para lo único que servía era para resistir cualquier sol, cualquier tormenta, sin amarillear en las puntas. Ordenó que lo pusieras lacio, porque eso dictaba el canon de belleza del planeta donde acababan de mudarse. Tan fino como un hilo, laxo al viento. Que se mueva, ordenó, porque no le gustaba tieso, ni rizado, ni estoico. No le gustaba lo que había en ti y exigió cambiarlo.

Tú le explicaste que era imposible. A través de tu cabello se transmitían tus memorias. Todo cuanto eras, todo cuanto serías, todo cuanto fueron las que llegaron antes que tú. Era el legado de tu tribu, el símbolo de las infinitas matriarcas que una vez poblaron tu planeta. Tu cabello era la información genética que necesitabas tejer, cortarlo al final de tu existencia y colocarlo en la cabeza rapada de tu hija hasta que almacenara tu ser, comenzara a enraizarse junto con su cabello nuevo y crear nuevas memorias. De esa forma, vivirías para siempre, junto a todas las que vinieron antes.

Él siguió sin entenderlo. ¿Cómo un manojo de pelos podría determinar tu identidad? ¿Cómo una fibra muerta podía contener el saber de cientos de matriarcas muertas, y transmitir sus datos a una niña de ojos grandes, oscuros, y cabeza rapada? No te pedía que lo cortaras antes de tiempo, sino que lo transformaras.

Habló con tanta energía que te convenció que valía la pena someterte al tratamiento de aplacar tu cabello encaracolado. Funcionó, porque tú no querías que él te abandonara. Tenías miedo de ceder. Porque esa era su amenaza. Si no cambias, te dejo. ¿Sabes cuántas matriarcas quieren estar conmigo para heredar mis genes? Cambia, o te cambio. Estabas aterrada porque te gustaba, lo querías. Y era cierto que él tenía excelentes genes y mil veces imaginaste a la hija de ambos, fuerte, guerrera, poderosa.

Pero él sonreía en público y torcía la boca en casa. Se agriaba al mirarte a través del reflejo de los espejos, porque él vigilaba tu peso, tus tetas, odiaba las estrías. Odiaba tu cabello. Si no te plegabas a sus deseos, era probable que se cansara de ti y tendrías que cargar con tu corazón hasta el próximo refugio temporal. Hacia otras manos que quizás exigieran que hicieras algo con tu pelo.

Te sometiste a los procedimientos. Lentos. Corrosivos. Tu cabello fue atrapado entre las púas de los cepillos, rociado con líquidos para arrancarle los hilos de oro, y estirado hasta que las lágrimas te brotaron de los ojos y apretaste los dientes a causa del calor abrasador. Sentiste cómo las hebras, esas pequeñas partes de ti, de todas las demás, se desprendían de tu cuero cabelludo en microexplosiones. Al inicio, controlado. Después, con cada rastro de dolor en la doma de tu cabello, comenzó a huir por puñados y sentiste que te hacías pedazos. Las estilistas que él te pagaba decían que eso no era nada: el cabello vuelve a crecer. Si se partía, tampoco era problema. Él te compraba compuestos vitamínicos, inyecciones en el cráneo, para que resistieras los procedimientos.

Pero un día no permitiste que las estilistas te desrizaran un mechón pegado a la nuca. Lo trenzaste, lo sentiste vivo, agradecido. Tu pelo se agitaba con el viento mientras paseabas de su brazo por los balcones de los hoteles y sentiste que reconquistaste una parte de tu territorio. Así que, atrevida, acariciaste los restos que comenzabas a salvar del proceso y sumaste trenzas rebeldes, rizadas, pequeñas, botones negros.

Y cuando él descubrió la rebelión escondida entre el cabello lacio, y él gritó qué mierda era eso, y preguntó por qué las estilistas no mataron la manifestación, como era su deber bajo su gobierno, tú blandiste el filo de la tijera y te cortaste el cabello, con las lágrimas de saber perdidas miles de memorias.

Él te dejó. Al final, te dijiste que era un hombre que cumplía sus promesas y no podías reprocharle nada. Esperabas su reacción. La deseabas.

Al cabo del tiempo, tu cabello se levantó. Comenzó a salvar información. Codificó lo que te esforzaste en guardar, a todas ellas, que sonreían agradecidas en tu mente. Las hebras, libres, encontraron sus vueltas de caracol, su brillo que desafiaba al sol, su aire, su identidad. Te encontraste.

Porque él odiaba a las matriarcas que habitaban en ti, pero resulta que tú las amabas por encima de todo.

Sobre la autora

Malena Salazar Maciá (1988, La Habana, Cuba). Escritora de fantasía y ciencia ficción, es la autora de las novelas Nade (2016, Ediciones Unión, Cuba), Las peregrinaciones de los dioses (2018, Ed.Abril, Cuba), Aliento de Dragón (2021, Enlace Editorial, Colombia), Los Errantes (2022, Últimos Monstruos Editores, Rep.Dominicana) y La ira de los sobrevivientes (2022, Ed.Gente Nueva, Cuba), entre otras. Sus textos han sido recogidos en antologías tanto nacionales como extranjeras. Traducciones al inglés de sus historias han aparecido en Clarkesworld, Mithila Review, y Dark Matter Magazine. Su trabajo ha sido traducido también al croata, alemán y japonés.

Sobre el artista

Scott Rodgerson es un escritor y artista visual. Vive en Toronto.

Esta historia apareció en SmokeLong en Español — Número seis de SmokeLong Quarterly.
SmokeLong Quarterly SmokeLong en Español — Número seis
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